Hay conciertos que quedan grabados para siempre en la memoria. Aquellos que tuvieron la suerte de asistir, este domingo por la noche, al espectáculo de Paco de Lucía, una leyenda viva del flamenco, lo recordarán por el resto de sus días.
El paso del más universal de los artistas flamencos por el recinto de Bab Al Makina quedará inscrito con letras de oro en el registro del festival de músicas sagradas del mundo, que celebra, en esta 19ª edición, la cultura andaluza. Y quién mejor que uno de los guitarristas más grandes y carismáticos del mundo para representar esta civilización.
Pero esta noche, la pertenencia a tal o cual cultura, a esta región o a la otra, ha desaparecido literalmente, dejando el escenario a lo universal, a la búsqueda de la pasión y la libertad.
¡No hay tiempo para introducciones! ¡Una ovación de pie para recibir al maestro y que comience el espectáculo! Los pocos minutos durante los cuales tocó en solitario, logró dar toda la medida de su estatura. Su postura de sabio, su presencia, su energía que no ha flaqueado con el paso de los años, su carisma bastan para conquistar el corazón y el alma del público. Encadenó entonces las piezas, nuevas y antiguas, con la misma técnica instrumental legendaria, que trasciende el flamenco mismo para ir a planear en otros universos y géneros musicales.
Por momentos, uno se pregunta cómo toda esta sensibilidad, esta armonía y esta magia pueden brotar de las seis cuerdas de su guitarra, cómo se puede llegar a tal nivel de maestría y perfección.
A medida que pasan los minutos, una avalancha de notas rápidas y cortantes caen una tras otra, se atropellan en el oído, un río de musicalidades y ritmos, a veces suaves, a veces resonantes, a veces alegres, a veces tristes, se lleva todo a su paso.
Proveedor / Fuente : MAP, Libération